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ANGÉLICA BOVINO: Mi historia con los ángeles

Conocí a los ángeles desde que era niña, la canción de cuna con la que me arrullaban de bebé hablaba de un ángel. Crecí en el seno de una familia católica y de hecho, la oración Ángel de mi guarda fue una de las primeras que aprendí, y hasta la fecha la sigo rezando con mis hijos. Desde niña también fui muy intuitiva, sabía cosas en el momento en el que sucedían, aunque no estuviera presente; me comunicaba telepáticamente con mi madre y, sólo sé, aunque no lo tengo en un plano muy consciente, que mi relación con los ángeles en mi primera infancia fue muy intensa.

     Al igual que tú, querido lector, crecí en una sociedad en la que lo intangible no tiene valor, en la que las cosas que no se ven, no existen. Por lo que, al ir creciendo, fui perdiendo esas habilidades tan maravillosas que me fueron concedidas desde antes de nacer.

     A principio de la década de los noventa, me dedicaba por entero a la publicidad, mi vida se podía definir con una sola palabra: estresante. Trabajaba contrarreloj, con fechas límite para cada proyecto, con la presión de cada uno de mis clientes y los jefes sobre de mí. Me gustaba mi trabajo, aunque en el fondo de mi corazón entendía que éste no era el sentido que quería darle a mi vida.

     En esas fechas, una compañera de la oficina me habló de los ángeles desde una nueva perspectiva. Me invitó a tomar un curso al que ella asistía y accedí, más por curiosidad que por convicción y, he de confesar, con una actitud un poco escéptica.

     Llegué al curso y a medida que avanzó la cátedra, mi sensación fue que más que escuchar algo nuevo, estaba recordando. ¡Estaba recuperando una información que ya existía en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma! Un momento inolvidable para mí fue cuando pidieron que cerráramos los ojos para meditar, como era la primera vez que yo lo hacía, estaba nerviosa. La persona que guiaba la meditación hablaba en un tono muy agudo y en un volumen muy bajo, me empecé a desesperar, a frustrar, a enojar porque no podía escuchar las indicaciones, pues desde niña tengo un problema de audición con los tonos agudos y en ese entonces no contaba con un aparato auditivo. De pronto, muy cerca de mi oído derecho, una voz masculina me habló, clara, fuerte y amorosamente, y me dijo: “Para encontrar a tus ángeles, no necesitas escuchar con tus oídos… ¡ESCUCHA CON TU CORAZÓN!”. Cuando abrí los ojos para ver quién me había dicho eso, no vi a nadie, y entendí de inmediato que esas palabras las había pronunciado mi ángel. A partir de ese momento, pude seguir sin problemas la visualización y mi conexión con los ángeles fue inmediata, intensa y maravillosa.

     Esta apertura tan inesperada, si bien en el momento resultó bellísima, después, al razonarla me hizo sentir mucho miedo, por lo que nunca regresé al curso. Sin embargo, me quedé con los materiales y los libros, que fui leyendo poco a poco y a mi ritmo. Hice los ejercicios que recomendaban y en poco tiempo contacté con mis ángeles. Cuando pienso en esa época de mi vida, la palabra que viene a mi mente es “SED”; tenía sed de conocer a mis ángeles, sed de saber más de ellos, sed de abrirme a esta nueva realidad. Continué leyendo y empapándome de información sobre los ángeles, meditaba todos los días y comencé a recibir mensajes en escritura automática.

     Dos años después me embaracé y nació mi primera hija. Yo estaba muy consciente de la presencia de los ángeles en mi vida, pero mi energía y mi atención estaban puestas en mi nuevo papel. Tuve a mi segundo hijo, y no fue hasta que cumplió tres años, que los ángeles se empezaron a manifestar fuertemente en mi vida otra vez: me hablaban a través de mis hijos, me hacían sentir cuando estaban presentes, me daban mensajes a través de los sueños y me tomaban de la mano mientras realizaba mis caminatas por la mañana (literalmente sentía yo la energía de los ángeles en las manos). Mi relación con los ángeles se fue intensificando, una vez más me sentí con la necesidad de meditar, de leer, de recibir sus mensajes, de escribir.

     Justo en estos momentos, yo me encontraba a disgusto en mi trabajo, deseosa de hacer un cambio de vida, por lo que les pedí a mis ángeles que fueran ellos quienes me guiaran en este cambio. ¡Nunca me imaginé el giro que mi vida iba a dar! En un lapso menor a tres meses yo me encontraba desempleada. Como por arte de magia, amigos y conocidos míos me pedían que les enseñara a meditar y a visualizar. Dos meses más tarde, me encontraba en California tomando el curso que impartía la Dra. Doreen Virtue para certificarme como Angel Therapy Practitioner®.

     Mi misión estaba clara y las puertas para realizarla se empezaron a abrir. Hoy doy sesiones de angeloterapia, realizo sanaciones con los arcángeles, canalizo ángeles, imparto cursos para enseñarle a otros a abrirse a sus ángeles y, lo más reciente, por primera vez estoy escribiendo un libro.

     Los ángeles operan en mi vida milagrosamente, cada día hay un nuevo regalo; algunas veces es tan pequeño como una mariposa que se posa sobre mí o un mensaje que llega a través de mis hijos; otras veces es tan grande como un cambio de vida inesperado. Así son los ángeles, así me llevan de la mano y llenan mi vida de significado, haciéndola cada vez más bella, más intensa, más plena y más feliz.

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*Fragmento de mi libro “Escucha a tus Ángeles con el Corazón”

de venta en: www.gandhi.com.mx

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